"Prácticamente todo lo que sucede surge a partir de diversas fotografías que un día realizé en el Barrio Gótico de Barcelona".
Una joven pareja discutiendo por lo que seguro que será un tema banal, el hombre solitario con la radio enganchada al oído que cada mañana veo pasar, dos amigas comiendo unos helados (parecen ser de chocolate y frambuesa), un chico con una motocicleta de quien todo el mundo se queja, una atractiva guitarrista con los cabellos larguísimos, un transportista que pide paso con cierta mala educación, un perro sin rumbo. Se transpira humedad, prisa, un malestar global que me inquieta especialmente. Decido, pues, levantarme y seguir a uno de los muchos personajes que pasan por mi vista escogido al azar.
La escogida es una chica japonesa que lleva un mapa a dos centímetros de sus ojos y que choca, sin disculparse, con los pocos despistados que no percatan el colorido e inmenso título “Guía turística de Barcelona”. No la acompaña nadie. Diría que no sabe dónde va, pero su paso ligero me hace dudar.
Paso unos minutos recorriendo el barrio con ella, sin pararme en ningún sitio, simplemente esquivando el tráfico del carril contrario e intentado fijarme, cuando me es posible, en detalles que la caractericen. Lleva un elegante vestido rojo carmín y una bolsa enorme a conjunto. Se puede decir que no le falta “pasta”. Tiene el pelo oscuro y es muy pálida (supongo que como cualquier japonesa corriente). Mientras camino, me acuerdo del carismático personaje de un libro de samuráis, una mujer fuerte y aparentemente débil llamada… Bueno, de eso no me acuerdo.
Seguimos caminando. La guiri tiene toda la pinta de buscar un lugar concreto, pero no lo encuentra, pues de vez en cuando gira la cabeza para mirar los números de los portales. De repente, la turista se para; abaja el mapa, se saca los auriculares, gira hacia la izquierda y entra por una estrecha y larga calle, donde sólo se aprecian tres motos y varias cajas de cartón.
Sigo sus pasos, manteniendo la distancia, hasta que entra, tranquila y relajada, en el interior de un portal antiguo y diminuto. No hay nadie más en la calle. Únicamente yo, un alucinado vagabundo que, al cabo de unos minutos, se sienta en el suelo, apoyándose en la malgastada y rugosa pared, y que comienza a comerse el coco, a crear hipótesis que probablemente no le lleven a ninguna conclusión. Aunque no tiene nada más interesante que hacer.
Bien podría ser la casa de un familiar. O un clandestino piso dedicado a la prostitución. Incluso la sede de la mafia japonesa (¿hay realmente mafia japonesa en Cataluña?). El interior de esa escondida casa me provoca ciertas dudas, dudas que tampoco me incumben. Minutos más tarde, la joven sale a la calle. Ahora ya no lleva la guía como máscara, así que puedo apreciar más claramente su rostro. Nada en especial. De la bolsa, saca unas gigantescas gafas de sol y rápidamente se tapa los diminutos ojos. Mira a los dos lados de la calle y empieza a caminar. Yo con ganas de jugar, espero a que avance, y después me levanto. Mi apariencia física favorece el hecho que al pasar la turista ni tan sólo me mire. Un vagabundo más.
Sigo los pasos de esta elegante y misteriosa turista sin prisas por la anche calle principal de antes. No quiero investigar nada en especial, simplemente hacer pasar el tiempo de la manera más estúpida y, probablemente, más indiscreta. Si la pierdo de vista, sigo a otro.
Pero de repente, algo en ella me hace reaccionar: del espacioso bolsillo del abrigo ha sacado lo que parece un arma, guardándola en el mismo sitio seguidamente. Me alarmo. Comienzo a acelerar el paso. No me atrevo a advertir a la gente con un grito, pues no estoy del todo seguro de lo que lleva esa chica encima. Me avanzo más. Ahora la tengo a poco más de dos metros. Ella, que aparenta estar en la más absoluta calma, va girándose de vez en cuando, pero mi presencia le resulta prácticamente invisible. Eso me tranquiliza.
Tras unos tres minutos de tensión, la maldita freaky empieza a caminar más deprisa. Y cada vez más. A medida que su paso va in crescendo, mis nervios también aumentan. Unos segundos después, la pierdo de vista. La multitud de esa calle me impide avanzar. Me pongo de puntillas con tal de intentar distinguir esa figura roja de entre la multitud. Pero no hay manera. Adiós a la enigmática turista.
Día siguiente.
La tinta de este roñoso bolígrafo me da para pocas líneas más y, además, las páginas de esta libretilla están llegando a su fin. Pero, ¿qué demonios es una historia de una persecución con un final tan abierto? Querría cerrarla, pues, diciendo que nunca más he vuelto a verla. El único detalle, y posiblemente el más revelador, que quizás me ha llevado a descubrir las intenciones de este enigmático personaje es el titular principal del periódico The guardian del día siguiente: “Mysterious japaneese girl kills bussinesman”.
Escrito en abril de 2008

